martes, 9 de agosto de 2011

El amor es cosa de tres, o cuatro.


La última vez que fueron a cenar solos todavía el mundo no tenía miedo al Islam; imagínate si hace años.
Fueron a un restaurante junto al mar y el hojeó, después del postre, un periódico que encontró sobre la mesa de al lado; mientras ella buscaba caracolas.
No hablaron mucho, pero aún así no estuvo mal. Cuando regresaron él se duchó y se tumbó en el sofá y ella se sentó a ordenar las conchas en una cajita porque había tiempo, porque la suegra  había llamado diciendo que iba con los niños ya duchados y cenados.

Ya no salieron más. Alguno de los dos mencionó que no tenía sentido gastar dinero en algo que podían hacer en casa todos los días. Entonces decidieron quedarse los viernes viendo la televisión juntos con un vaso de whisky onderok para él y un bailis con hielo picado para ella. La primera vez ella le puso una hoja de menta fresca a su vaso y congeló el de él para que el whisky dibujara elipses de ámbar en el cristal.
Pero alguna vez estuvo muy cansada y puso los vasos a pelo. Y fue bien. Qué falta hacía tanta parafernalia entre ellos que se había visto demacrados o sentados en la taza del water.

Una noche de julio tenían el balcón abierto. Hacía un calor del infierno. La luna se había colocado justo sobre el edificio de Maphre Seguros y él se había dormido justo después de beberse el whisky de un sorbo. Habían alquilado en el videoclub la primera del Señor de los Anillos.
Lo recuerda todo, así de exacto. Las letras rojas brillantes, los visillos quietos, la yedra enredada en la reja del balcón. Todo petrificado por el calor. Lo recuerda a todas horas, en todo momento. Cuando va a la oficina, cuando vuelve, cuando lleva a los niños al colegio, cuando mete los platos en el lavavajillas o los trapos en la lavadora; cuando cocina y cuando se corta las uñas de los pies o se saca los pelos rebeldes de la barbilla.
Y lo recuerda así porque aquella noche comenzó a traicionarlo con Viggo Mortensen.
Comenzó una vida oculta y paralela en las tierras de los hobbits y de los elfos. Se enamoró hasta el tuétano del danés de ojos que invitaban a vivir al otro lado del espejo; se hizo un álbum de fotos y debajo de las fotografías escribió versos y pegó pétalos de rosas o florecillas de jazmín. Compró sus biografías y sus películas, leyó todas las entrevistas.
A veces sentía que Viggo estaba en casa, sentado en el salón, saboreando el delicioso whisky con el borde helado y los cubitos de hielo en forma de corazón.
Una tarde que él tenía ganas y ella lo miró y lo vió viejo y gordo, ajeno a su vida, como si fuese un extraño, le fue infiel por primera vez y con los ojos cerrados atrapó a Viggo entre sus piernas; y mientras su esposo jadeaba sobre ella en la cama, ella volaba en brazos del Capitán Alatriste. Tan excitaba estaba ante las embestidas del héroe de capa ingrávida, que creyó escuchar en las agonías del placer, que él la llamaba Scarlett.

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