miércoles, 11 de abril de 2012

Casas vacías





Las casas vacías se caen de tristeza.
Se apodera de ellas una extraña melancolía que transforma sus duros huesos
en delicado cristal
Tan frágil que se rompe con mirarlo.
Las casas viejas se dejan, como si no tuvieran ganas de vivir más,
como si su esencia de casa fuesen los pasos y las voces.

Sus vigas se entregan al ataque de los insectos,
y los rincones del techo se dejan conquistar
por los nidos de las cáncanas,
mientras que , suavemente, van cayendo capas de polvo de las paredes.
Segundo a segundo, día a día, año a año, noche a noche
las casas vacías van tomando el lento veneno del abandono.

Y sin embargo no están vacías, porque no puede estar desnudo
lo que estuvo vestido,
porque la piel sea de una serpiente guarda la forma del animal que la habitó.

Se asoman caras invisibles a las ventanas.
Resuenan voces en las cámaras y retumba un eco de pasos en los salones.
Hay latidos de corazones en los cuartos.
Hay aliento de bocas en los cristales
No están vacías
Porque son grandes masas de recuerdos.
Porque acompañaron silenciosamente el sueño de los niños y la vigilia de los viejos;
y espiaron el amor y contemplaron el odio.

Las casas vacías se buscan la memoria en las entrañas;
y en el rescate lento de las voces y los pasos se van convirtiendo en ruinas,
en montañas de polvo expuestas a los vendavales
que no respetan a los muertos.

Para evitar el desplome y la desvalorización en el mercado inmobiliario,
los hijos de los hijos ponen un día un cartel en una ventana,
un gran cuadrado color naranja fosforescente, con letras negras y un número de teléfono.
Se vende, dice.

Como si se pudiera vender una casa.

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