martes, 18 de marzo de 2014

Al otro lado de la plaza



Al otro lado de la plaza
estaban los rumanos.
Ellos con sus barbas recias
y sus ojos brunos 
Ellas con sus faldas grandes como montes
y sus pechos inmensos esparcidos por las laderas.

Eran unos veinte entre adultos y niños.
Un grupo oscuro y peligroso
sobre la hierba verde esmeralda
y bajo un cielo de plata bruñida.
Pronto iba a empezar a nevar,
se sentía el olor en el aire.
Y entonces sucedió.
Tuve la tentanción de sentirme
más que ellos.
Así, al pasar a su lado, con mi Canadian Goose,
mi gorro Bergens,
mis guantes de pura lana virgen,
mi piel suave y mis ojos de caramelo.
Yo, solo un poco más pálida que ellos,
en ese grado de decoloración,
los miré de reojo.
Había visto Oslo desde el piso quince
del Radison Blu Hotel, apenas unos segundos antes
y me dirigía a comprar un libro en Norli
y a tomar café frente a la Nasjonalgallerie.
Era la mujer de un nativo
los dioses de los hielos me abrían
su manto de suave pelo. 
A mí sí y a ellos no.
Por eso me detuve,
casi ahogada.
Temblando.
Y hurgué como una loca
dentro de ese arcón rudo que es la memoria
y saqué una noche de Navidad
sin luces y sin estrellas y sin dinero.
Retumbó entonces la risa de ella
como una salva sobre la ciudad inmisericorde.
Bajaba con la caja de dulces
por la calle Real.
Hemos vendido la cabra
dijo
y sus ojos brillaban, acuosos, limpios.

Continué mi camino, todo estaba en orden.

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